jueves, 3 de marzo de 2016

En busca de la nieve perdida

El pasado domingo, veintiocho de febrero de dos mil dieciséis, bien adentrado ya este invierno tan atípico que tenemos por tierras murcianas, decidimos adentrarnos en el noroeste a ver si podíamos tocar y sentir la espuma blanca en la que se convierte el líquido elemento a causa de los fenoménos metereológicos. 

Nunca habíamos visto tal procesión de vehículos a motor transitar por la autovía noroccidental.


La primera parada la hicimos en el entorno encantado de Fuente Mellina con sus álamos centenarios, frío y viento a manos llenas y algunos restos de nieve en los rincones más umbríos.


 Con temperaturas próximas a los cero grados podéis observar como la flor de la hierba doncella (vinca difformis) no duda en mostrarnos sus galanuras aunque su porte no pueda rivalidar con las que alfombran los alrededores del afloramiento del Cabezo de La Fuente en Los Belones (Cartagena). Caprichos de este tiempo tornadizo.



Seguimos ruta en dirección al Campo de San Juan con restos níveos jalonando nuestro paso, con nieve en la alturas y los campos mostrando el pardo húmedo  de la lluvia o deshielo. No encontramos nieve pero tampoco placas de hielo, lo cual  no dejaba de ser una buena noticia. Bien entrada la mañana empezamos a pensar en la restauración. Como por la zona alta estaba todo repleto decicimos, previo cónclave volver a dirigirnos a Archivel. 

Al llegar subimos al Cerro de Las Fuentes a visitar los restos romanos y admirar las magníficas vistas que había alrededor, miraras por donde miraras. Además nos curtirnos con el gélido viento procedente de las lejanas cumbres nevadas.





Como era relativamente temprano, encontramos acomodo en uno de los bares del pueblo de Archivel y allí repusimos fuerzas y tras la parada obligatoria en la panadería del pueblo en la que nos tuvimos que conformar con dulces caseros porque el pan hacía rato que se había terminado, decidimos encaminarnos en pos de la nieve que encontramos en el Puerto Alto, a mil quinientos metros, umbría de la Sª Seca (El Obispo, 2.014 m., Revolcadores 1.999 m.).

Allí, vueltos a la infancia, jugueteamos con la etérea blanca espuma, que al apretarla obtenía consistencia sólida y permitía usarla como proyectiles por las mesnadas en litigio por disfrutar del encanto del momento.

 En definitiva, un magnífico día con excelente compañía.

Nuestra tierra es una maravilla y encierra rincones preciosos.